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miércoles, 27 de abril de 2011

Internet: revolucionarios en ciernes o masas idiotizadas

Internet en perspectiva histórica
Nadie discute que internet acabará siendo el medio de comunicación hegemónico. Es más, gracias a su plasticidad podrá parasitar hasta extremos no vistos a los otros medios: televisión, radio y prensa escrita. Si este trasvase no se ha producido no es por limitación tecnológica, sino por intereses de los grupos sectoriales dominantes. En la Revolución Industrial allá en el siglo XVIII y en Inglaterra, estos grupos estaban con la Revolución, hoy muchas veces están en contra de internet. Tres ejemplos: el caso de la no venta de libros en formato electrónico, la televisión a la carta, o el declive de los periódicos que parece hacerse patente cada vez más  –tanto económica como en calidad periodística–.[1] Internet tiene tanto potencial como complejidad tienen en la actualidad las sociedades humanas, y en muchos aspectos puede compensar las «limitaciones» de la sociedad industrial. Pero a estos grupos de poder no les interesan la innovación y revolución que supondría internet si se desarrollará sin impedimentos, dentro de los límites del sentido común. Eso sí, las épocas históricas cada vez duran menos, y si la Edad Contemporánea tiene que acabar, internet tendrá un papel destacado en su finalización.

¿Es internet o somos nosotros?
Ahora bien, dentro de este fenómeno –y de la tecnología en general– es muy común achacar características a internet que en realidad no le pertenecen intrínsecamente, sino a los usuarios detrás de las pantallas. Es muy típico escuchar: internet es malo para la pederastia, malo para las relaciones sentimentales monógamas, malo para ligar, malo para informarse, malo por la adicción que crea… Un sinfín de críticas que más bien deben estar dirigidas hacia el pederasta, para el infiel, para el ligón de turno, para el desinformador... no aparece con tanta asiduidad ni con el mismo tono despectivo comentarios como que la iglesia es mala para la pederastia, los telediarios malos para informarse, el bingo y el alcohol malo para la adicción, o que el putañero no es el responsable sino los burdeles de su infidelidad.

Otro caso «tecnológico»
Con la tecnología derivada del legado de Einstein se pueden fabricar tanto bombas atómicas como crear energía eléctrica, pero la utilización no es una cualidad de la tecnología o de la ciencia sino de los usuarios y promotores que decidieron lanzar dos bombas atómicas sobre Japón y sesenta años después poblar el país de centrales nucleares. Estos son los responsables y no la tecnología o la ciencia; parece una obviedad, pero muchas veces se habla de internet como si tuviera una intencionalidad malévola o cuando no, es considerado como inútil o superficial.

Internet, como en la vida misma
A los que defienden o pasan mucho tiempo en internet se les acusa de no tener vida social. Yo les enseñaría algunos perfiles de redes sociales, con decenas de miles de visitas, veréis como a estos no les acusan de tener poca vida social. También se crítica lo estéril que resulta las críticas de los internautas. Hasta antes de la crisis rara era la excepción donde las redes sociales no fueran un terreno de abono del culto a la imagen y del hedonismo. Ahora estas redes sociales están salpicadas por plataformas de movilización ciudadana, algunas con bastante éxito, que afrontan su prueba de fuego en las manifestación convocada el 15 de mayo. A los cambios socioeconómicos, le han seguido los cambios en internet; esto apunta que es solo un medio, no un mundo paralelo, un reflejo de quiénes somos y un forma para potenciar quiénes somos. El problema no es el medio sino el quiénes somos.
Internet es mi medio, algunos lo definen como un ente irreal, apartado de la vida que realmente importa, la vida de carne y hueso. Yo, en cambio, diría que internet es la representación digital de nuestro mundo. Un lugar donde hay revolucionarios en ciernes y masas idiotizadas, como en la vida misma.



[1] http://www.elconfidencial.com/comunicacion/2011/prisa-contratar-periodistas-lowcost-reinventar-pais-20110331-76854.html. Y para la calidad periodística leer algún libro de P. Serrano, aconsejable empezar por Desinformación.

miércoles, 16 de marzo de 2011

A gustito con la corrupción

La inglesa que vino a Canarias…
Recojo en esta entrada la opinión de una escritora inglesa acerca de la corrupción en España. Es una postura a la que no tenemos acceso en los grandes medios de comunicación actuales… no tiene desperdicio.
«La corrupción más absoluta está presente hasta en los cargos gubernamentales de más alto nivel y desciende, como cabría esperar, a todo el estamento funcionarial. Los españoles consideran que es justo defraudar al gobierno. Al que no defrauda se le considera requetenecio. Si el fraude -no vale la pena andarse con rodeos cuando se trata de una gran lacra nacional- está presente en el ejército, en la marina, en la administración pública, entre los que pagan los impuestos y los que los recaudan, ¿cómo se puede esperar que exista una estricta integridad a niveles menos significativos, entre el empleado y el patrón, o el comprador y el vendedor? Como me dijo un inglés, que lleva negocios muy importantes en estas islas, la falta de honestidad es muy admirada en éstas; resulta imposible ser honesto, en el pleno sentido que los ingleses dan a dicha palabra. "Si tuviera que dar", continuó diciendo, "las cifras reales de lo que compro y de lo que vendo, la cantidad que tendría que pagar de impuestos no sólo absorbería cada penique de mis beneficios, sino que incluso tendría que gastar parte de mi capital para poder satisfacer las exorbitantes demandas del Gobierno. Por tanto, hago lo que hacen todos los españoles, y lo que el propio recaudador de impuestos espera que haga: declaro aproximadamente la mitad de todo aquello que sea gravable". Esta forma de actuar es tan corriente que el Gobierno debería reducir inmediatamente todos los impuestos, abolir el enorme número de absurdas tasas que recaen sobre el comercio y, de este modo, animar al país a ser honesto, insistiendo firmemente en que se declarasen las ganancias exactas. Desde un punto de vista económico, es indudable que el Gobierno sería así mucho más rico, mientras que el beneficio moral para el espíritu nacional sería valiosísimo. Por desgracia, las masas de la nación son ignorantes; hay una gran multitud que sigue siendo intolerablemente supersticiosa; son relativamente pocos los niños que asisten a la escuela, y cuando asisten, los profesores en general son poco eficaces. A todo esto hay que buscarle remedio antes de que España pueda aspirar a volver a parecerse a lo que una vez fue. Las reformas deben hacerse verdaderamente desde el pueblo o todos los esfuerzos, por muy paternalista que sea el Gobierno, serán en vano. Si España dejara a un lado su política exterior y concentrara su atención y sus energías en estas reformas internas, muchísimo más importantes, lograría un progreso constante y contaría con el apoyo de casi toda Europa. Su potencial es enorme, y espero de todo corazón que este país, dejando a un lado viejas costumbres retrógradas e impidiendo consideraciones partidistas y gremiales, se dedicará seriamente a su progreso interno».
¡Qué novedosa opinión!
Lo que no os encaje se debe a que la escritora de este texto se llama Olivia Stone y está contenido en Tenerife y sus seis satélites, ¡de 1887! A pesar de varios ítems desfasados (como la bajada de impuestos, que se aplicó y no ha resuelto el problema), tiene una vigencia sorprendente. Este texto representa lo ridículo de las discusiones acerca de los «paladines de la corrupción»,  sobre quién es más corrupto.
Aceptémoslo, los políticos no emergen de la nada, emergen de la sociedad de las cuales son ciudadanos; no son un ente asocial, son una representación de la sociedad; si nuestros políticos son corruptos, nuestra sociedad es corrupta (no obstante, España no figura entre los países con mayor percepción de corrupción del mundo).
Para eliminar el problema debe haber un cambio de mentalidad (los cambios históricos más lentos), ya que la población vive acostumbrada a este margen de corrupción. Es propio del ser humano adaptarse al medio -social, en este caso- donde vive y utilizarlo en su propio provecho si tiene la oportunidad. En los países nórdicos, en donde los índices de corrupción son muy bajos, no cabe duda de la relación con el medio geográfico, de la necesidad de priorizar el bien común para la adaptación exitosa al medio. En cambio en latitudes más bajas, vivimos echándoles la culpa a otros, a la vez que vemos la corrupción de nuestro círculo social y la propia como algo normal y lógico, de derecho. Y de hecho, no denunciamos la corrupción o fraude que vemos en el día a día, aunque esté ejercida por la clase dominante -empresarios por ejemplo-, la asumimos como normal.
La mala reputación de los funcionarios
Resulta irónico que el comentarista de la versión española, 108 años después, defienda al sistema español de la opinión de Stone: «quizás denuncie un tanto a la ligera al decir que afecta a todos los rangos del funcionariado». Haciendo uso de razón, ¿quién lo negaría? Por ejemplos contrastados tenemos desde el político de turno hasta el opositor con enchufe. El libro está editado por el Cabildo de Gran Canaria, el matiz del comentarista ya sabemos por donde puede venir.
No obstante, se tiende a criticar a la clase trabajadora, como el caso de los funcionarios, simplemente por tener unas condiciones laborales que quisiéramos tener (no entro a juzgar la situación laboral del funcionariado). Consideramos como indebidas sus condiciones laborales al sentir que forman parte de la clase trabajadora, y esta no puede tener privilegios laborales; los asalariados de empresas privadas no los tienen, a eso estamos acostumbrados y eso nos inculcan. Se acepta implícitamente que la clase burguesa es la única que puede aspirar a buenas condiciones laborales, lo contrario es  un chollo o ilícito; en el caso de los funcionarios, es lo segundo.
La connivencia en las urnas
Tampoco la denunciamos en las urnas, donde los partidos corruptos siguen siendo, casi completamente, los únicos con representación. Esto gracias en buena parte a la abstención (la ley electoral y la desinformación son otras causas). Los que no votan, es de suponer, son los descreídos del sistema político, por tanto sus votos no estarían en consonancia con el sistema bipartidista actual. Si hiciera falta o contribuyera para mantener al sistema actual, el debate sobre la obligatoriedad de la votación electoral estaría como mínimo sobre la mesa, como ocurre en otros países europeos ya implantada.
Corrupción hoy y siempre
El texto es indicador de la importancia de situar en su contexto histórico los acontecimientos actuales. La corrupción es un problema en España desde hace siglos, en el devenir histórico quedarán como banales los casos de corrupción actuales; la verdadera noticia debiera ser cómo es posible que la clase política siga corrompiendo después de tantas décadas. No se informa sobre la permisividad social y punitiva de la corrupción, ya que esto atenta contra el modelo de desinformación: se informa  sobre lo que no es relevante, disfrazado de trascendental, realmente la información se mueve en los cánones que les interesan a ellos  para representar su circo bipartidista; un caso de corrupción aquí y otro allá, maquillado según convenga, pero nunca plantean las soluciones ni causas del problema.
Esta solución no se logrará responsabilizando únicamente a los políticos, paradójicamente, por los mismos que los votan o ignoran. La información veraz es que el PPSOE y nacionalistas varios -en Canarias sobre todo-, son partidos corruptos, en donde se permite y apoya públicamente a los corruptos. Y, en contraposición, existen partidos -y países- que tienen tolerancia cero con los corruptos. Para acabar con el problema de la corrupción y fraude hace falta una persecución rigurosa de este tipo de delitos, un posible cambio legislativo y mayor dureza punitiva. Inclusive plantear medidas motivadoras para denunciar el fraude. Debe ser una solución desde arriba y desde abajo a la vez, integral. Un cambio de mentalidad que lleve al pueblo a ver reflejadas sus ideas en el parlamento, algo más extraño de lo que se piensa en nuestra democracia.